Hace unos días, mientras trabajábamos en una landing, nos pusimos a revisar otras webs del sector. Es algo bastante habitual cuando empiezas a construir una estructura. Miras qué están haciendo otros, no tanto para replicarlo, sino para entender desde dónde se están tomando las decisiones.
Fuimos pasando de una web a otra casi sin darnos cuenta, comparando enfoques, estilos, formas de presentar la información. Proyectos cuidados, con una identidad clara, con fotografía trabajada y textos que explicaban bien lo que había detrás.
Sin embargo, a medida que avanzábamos, empezó a aparecer una sensación bastante repetida. No tenía que ver con el diseño ni con la calidad del contenido, sino con algo más difícil de señalar al principio: muchas de esas webs no terminaban de tener una dirección clara.
Había información, pero no siempre había intención.

En bastantes casos, la web parecía pensada para contar el proyecto en profundidad, como si fuera una especie de dossier bien construido. Historia, equipo, filosofía, concepto… todo tenía su espacio y estaba bien explicado. El problema es que, cuando todo se presenta con el mismo peso, cuesta entender qué es lo realmente importante para quien está al otro lado.
Y ahí es donde empieza a perder sentido.
Porque en hostelería, aunque cada proyecto tenga su complejidad, la decisión del usuario suele ser bastante concreta. No entra en una web para analizarla con calma, sino para entender rápidamente si ese sitio encaja y, si es así, dar el siguiente paso.
Sin embargo, muchas webs no están construidas desde esa lógica, sino desde la necesidad de explicarlo todo bien. Y eso, aunque suene razonable, no siempre juega a favor. De hecho, es bastante habitual encontrar proyectos que han invertido tiempo y recursos en tener una web muy cuidada, pero que luego no terminan de acompañar el momento clave: el de decidir.
Esto se hace especialmente evidente cuando hay un motor de reservas. No porque esté mal planteado en sí. Hay proyectos donde la reserva no es el centro, o donde el objetivo de la web es otro, y eso es totalmente válido. El problema no es ese. El problema aparece cuando esa decisión no está del todo clara.
Porque antes de diseñar una web, lo primero debería ser definir para qué existe. Qué papel juega dentro del negocio y qué se espera que haga la persona que entra en ella.
A partir de ahí, todo lo demás debería construirse en coherencia. Sin embargo, muchas veces ocurre lo contrario.

Se construyen webs cada vez más completas, con más secciones, más información, más niveles de navegación… como si eso, por sí solo, aportara más valor. Y no siempre es así. De hecho, en algunos casos genera el efecto contrario.
Cuando no hay una jerarquía clara, el usuario tiene que esforzarse para encontrar lo importante. Y eso se nota especialmente en algo tan concreto como una reserva. No es raro encontrarse con webs en las que tienes que dar varias vueltas, entrar en distintas páginas o dedicar varios minutos hasta encontrar cómo reservar. Y en ese punto, ya no es una cuestión de diseño. Es una cuestión de usabilidad.
No se trata de hacer webs más simples o más complejas, sino de que respondan a una intención clara.
Si el objetivo es que alguien reserve, la web debería facilitar ese recorrido desde el principio, sin obligar a buscar, interpretar o tomar decisiones innecesarias.
Porque cuando eso no ocurre, la web puede estar bien construida en apariencia, pero no está cumpliendo su función.
Al final, no es una cuestión de tener más secciones o una estructura más completa, sino de haber decidido antes para qué sirve esa web.

